(text extret de Mujeres Preokupando, 2004))
Constatamos el sufrimiento que nos produce vivir y resistir en un mundo que no está pensado para el bienestar humano, las carencias afectivas con las que cargamos, producidas por la herida primaria, por la falta básica y la consecuente imposición de la autoridad como valor regulador de nuestras relaciones futuras.
Partimos así de esa contradicción entre lo que somos y lo que queremos ser, entre nuestra posición de sujetas atravesadas por el patriarcado y nuestro deseo creador de estructuras no autoritarias. Empleando muchas de nuestras energías en cambiar este mundo mientras nuestras vidas transcurren en él.
Por eso, es fundamental aprender a discernir en cada una de las situaciones a las que nuestras opciones individuales y colectivas nos llevan, dónde se encuentran las fisuras del sistema y las opciones menos contraproducentes, haciendo consciente en todo momento el “precio” de defender o relativizar nuestra lucha ética y política.
Es así como hablamos de las contradicciones. Contradicciones que encontramos no sólo en la distancia que algunos planteamientos políticos guardan de nuestras prácticas cotidianas, sino también, las que surgen desde la práctica cuestionando los planteamientos mismos, a veces anquilosados en unas perspectivas imposibles de adaptar a las circunstancias, a los elementos que la realidad que vivimos nos brinda. Desde ahí parece imposible evolucionar las cosas.
Así nos planteamos que la coherencia no tiene por qué ser una meta que alcanzar, porque no queremos asumir una idea de coherencia dogmática, que por cerrada y alejada nos implique la necesidad de simplificar situaciones, obviando factores importantes que molestan para alcanzar una idea predeterminada.
No queremos un modelo de coherencia que ya nos venga dado. Pensamos que hay que inventar y construir sin esa pesada losa, sólo con la práctica politica, transformando la realidad que necesitamos vivir y afrontar. Porque si no, se nos paraliza la capacidad de hacer, ya que es imposible ser coherentes, y empezamos a relativizar las cosas, y nos decimos que somos parte del sistema y que no hay nada que hacer…
Y esto tiene un alto riesgo al parecer una postura que justifica las posiciones más relativistas respecto a cualquier cambio radical de las estructuras mentales, afectivas, sociales o políticas.
En absoluto estamos diciendo esto, porque el relativismo es la otra cara del dogmatismo. Luchar desde el dogmatismo es potenciar el relativismo como válvula de escape. Desde ahí lo hacemos grande nutriéndolo de todas nuestras frustraciones que son muchas y variadas. Además de que son viscerales y parten de nuestros sueños, nuestros deseos, anhelos, y pasiones íntimas…
Toda nuestra existencia se hace, así, relativa, porque ningún elemento de nuestra vida cabe en esa “coherencia” (por ser perfecta, dogmática, predeterminada…),y así vemos cómo el relativismo se convierte en una opción política que termina siendo tan rígida y estática como el dogmatismo, sólo que más plural (cada una tenemos nuestro propio relativismo…). Vamos, que una cosa lleva a la otra y ambas producen el mismo efecto.
El relativismo es lo más capitalista que hay, por individual y asqueroso. Digamos que es la opción política del capitalismo !!!!
No queremos caer en la justificación del relativismo o del escepticismo ante la dura realidad, engañándonos al crear un discurso político que justificaría nuestras propias contradicciones. Cuando se renuncia a lo que se quiere o a lo deseable, debemos reconocerlo, hacerlo consciente y no justificarlo, nunca.
Queremos romper la dualidad entre esa idea de coherencia dogmática y el relativismo, para quedarnos con el espacio de potencialidad que esa ruptura genera, de intercambios colectivos, de pactos. Como mal menor o como bien mayor, según se mire. Porque es ahí donde se integran nuestros planteamientos, nuestras prácticas y nuestras contradicciones. Y es en las contradicciones donde se expresan todos los elementos susceptibles de transformación.
Vivir las contradicciones de forma política supone un compromiso con nosotras y con las demás. Por eso es tan importante saber encontrar el mal menor y el pacto más favorable que deje más resquicio a la vida, a la crítica constructiva y su disfrute, y donde la rebeldía tenga su más alto grado de eficacia y de expresión.
En estas circunstancias, vivir entre el deseo y la realidad puede generar, con frecuencia, sentimientos de culpabilidad, por no responder a nuestros valores y principios como quisiéramos. Para empezar, el orden social va en contra del bienestar humano y, específicamente, en contra de la expansión de la vitalidad de las mujeres. Si no nos queremos resignar a este orden, y buscamos nuestros espacios, no nos podemos culpabilizar por no acertar a la primera, como se pretende, porque si te sales del camino marcado y fallas, enseguida te dicen: “lo ves, por no hacer lo que tenías que hacer…”, y además te echan la culpa. Y si te lo crees, ya no volverás a intentar salirte del camino, para evitar sentirte culpable.
Porque el poder siempre traslada la responsabilidad a la víctima, haciéndola culpable. El sentimiento de culpabilidad es el mayor enemigo de la rebeldía. La culpa es el castigo no visible por desobedecer el principio de autoridad. Tenemos que erradicar el propio sentimiento de culpabilidad y pensar que en nuestras vidas no nos dejan demasiado margen de maniobra. Aprendemos con el método experimentar-errar-volver a experimentar. No queremos generar sentimientos de culpa por no responder a lo que se espera de nosotras, provenga de los mandatos de género, familiares, laborales, políticos, culturales… y/o de expectativas del entorno más afín. Además, esta sociedad nos agrede imponiéndonos un ritmo inhumano con resultados de productividad, criminalizando toda disidencia que cuestione el orden establecido. Se trata de que lo urgente, afrontar nuestras vidas aquí y ahora, no relegue lo importante, quiénes somos y qué proyectos personales y colectivos queremos… Necesitamos poder equiparar los dos conceptos, mezclarlos. Si lo importante nunca es urgente, no es transformable, porque transformamos desde la urgencia, y si lo urgente no es lo importante, nuestra vida carece de motivaciones profundas, y sólo nos da para construir según el sistema nos va marcando, a su ritmo y voluntad.
Detectamos la culpa cuando nos vemos impulsadas a justificar nuestra conducta, cuando nos ponemos a la defensiva si alguien la cuestiona, cuando nos resulta difícil examinar nuestras acciones. La culpa nos hace víctimas y nos paraliza. Sintámonos responsables de nuestras vidas y estaremos más cerca del cambio que buscamos. Esto nos lleva a otra reflexión: no juzgar las prioridades o las opciones de las demás, desde las nuestras. Como venimos diciendo, el dogmatismo o la cerrazón es el enemigo en casa. La autoexigencia y la exigencia a las demás nos impide desarrollar iniciativas de ayuda mutua y noa aboca a sentimientos de culpabilidad (victimismo…). Respetar las opciones de las demás es imprescindible para poder recuperar el apoyo mutuo.
Esto nos lleva a otra reflexión: no juzgar las prioridades o las opciones de las demás, desde las nuestras. Porque “Cada afirmación es dependiente (relativa) a un contexto o estructura que la condiciona”? Es relativismo, lo más capitalista que hay.
…enseguida te dicen: “lo ves, por no hacer lo que tenías que hacer…”, y además te echan la culpa. Escupeles en la cara y vuelve a intentarlo.
Y no olvidemos los victimos…